La Última Luz del Andén

Cada noche, exactamente a las once cuarenta y siete, un tren atravesaba el Andén 9 sin detenerse.

No aparecía en los horarios oficiales.
No respondía a señales.
Y nunca llevaba pasajeros visibles.

La pequeña estación estaba perdida entre campos y colinas oscuras, olvidada por casi todos. Las farolas viejas parpadeaban entre la niebla, y el viento hacía crujir los carteles oxidados. Solo una persona permanecía allí a esa hora: Mateo, el encargado del turno nocturno, que barría el suelo húmedo y limpiaba bancos vacíos mientras el reloj avanzaba lentamente.

La primera semana que trabajó allí, lo notó.

Cuando el tren pasaba, el aire se volvía helado.
Las luces temblaban.
Y por un instante inquietante… los reflejos en las ventanas desaparecían.

No había rostros.
Ni sombras.
Solo una oscuridad profunda, como si los vagones estuvieran huecos.

Se lo comentó a su supervisora al amanecer.

—Es una línea antigua —dijo ella sin levantar la vista—. Fallos eléctricos.

Pero Mateo no quedó convencido.

Así que una noche decidió esperar.

A las once cuarenta y seis, los rieles comenzaron a vibrar con un murmullo grave. La niebla se espesó y el viento levantó polvo del andén. Entonces, dos luces blancas surgieron en la distancia, demasiado brillantes, cortando la oscuridad como cuchillas.

El tren pasó a toda velocidad.

Mateo dio un paso adelante.

Y esta vez… no estaba vacío.

Dentro de uno de los vagones había una chica.

Estaba de pie, inmóvil, con la mano apoyada contra el vidrio. Su rostro era pálido, casi translúcido, y sus ojos parecían mirar a través del mundo… directamente hacia él.

El tren se perdió en la noche.

Mateo quedó clavado en el suelo.

Al día siguiente revisó archivos viejos, mapas, periódicos amarillentos por el tiempo. Horas después encontró un titular olvidado, fechado hacía veinte años:

“Tren nocturno desaparece con cuarenta pasajeros.”

Nunca hallaron restos.
Nunca hubo explicación.

La ruta coincidía.

El Andén 9.

Esa noche volvió con una linterna en la mano y el corazón acelerado.

Once cuarenta y siete.

El suelo vibró.

La luz regresó.

El tren apareció una vez más, rugiendo en la niebla.

Y allí estaba ella.

La misma chica.

Cuando el vagón pasó frente a él, movió los labios.

No se oyó nada.

Pero Mateo entendió.

“Ayúdanos.”

El tren se desvaneció en la oscuridad.

Detrás de él, una farola estalló con un chasquido seco.

Mateo giró lentamente.

Sobre el banco que había limpiado cientos de veces…

había un boleto doblado.

Todavía tibio.

Marcado con la fecha de hoy.

Hora de salida:

11:47 p.m.

Mateo tragó saliva.

Porque por primera vez…

el boleto no tenía destino.

Solo una palabra impresa en letras pequeñas:

“Próximo.”

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