PARTE 2: El Niño con la Cicatriz en Forma de Espada

La arena de Valdoria no había sido construida para la misericordia.

Era un círculo de piedra tan antiguo que incluso los hombres más viejos del reino no recordaban quién había colocado su primera base. Sus muros se alzaban como acantilados alrededor de la arena cubierta de polvo, y en cada nivel la gente permanecía hombro con hombro, gritando, riendo y esperando sangre. Los nobles observaban desde balcones cubiertos de sombra con copas de vino en las manos, los comerciantes se inclinaban sobre las barandas, los soldados vigilaban las puertas, y por encima de todos se encontraba el rey Alaric en su trono dorado, silencioso bajo las banderas blancas de su casa.

Ese día, la multitud había venido para ver a un monstruo.

Durante tres meses, algo había aterrorizado las aldeas del norte. Primero desaparecieron ovejas, luego caballos, y después viajeros que jamás llegaron al siguiente pueblo. Los sobrevivientes hablaban de una criatura con escamas negras, cuernos curvos y ojos que brillaban como carbón encendido en la oscuridad. Los mejores cazadores del rey habían ido tras ella, pero solo dos regresaron, y ninguno podía hablar sin temblar.

Finalmente, la bestia había sido capturada y arrastrada a la arena real con cadenas de hierro.

Ahora el reino esperaba ver quién se atrevería a enfrentarla.

En el centro de la arena, un anunciador real levantó su bastón y se volvió hacia la multitud. Su voz recorrió los asientos de piedra como un trueno.

“¡Quien derrote a este monstruo recibirá un kilogramo de oro del rey!”

La multitud explotó en gritos.

Los hombres gritaban sus propios nombres, los soldados reían como si la valentía fuera barata, y varios guerreros con armadura avanzaron desde el borde de la arena fingiendo estar preparados. Pero cuando la puerta de hierro detrás de ellos tembló con un gruñido profundo e inhumano, todos dejaron de moverse.

Entonces, entre el ruido y el polvo, una pequeña figura corrió hacia la arena.

Al principio nadie entendía lo que estaba viendo. Era solo un niño, quizás de diez u once años, descalzo, delgado y vestido con telas grises rasgadas. Su cabello estaba desordenado, su rostro pálido de miedo, pero sus ojos permanecían fijos en el centro de la arena como si hubiera llegado allí por una razón que nadie más podía comprender.

La multitud cayó en un silencio confuso.

Un guardia le gritó que se fuera, pero el niño no se detuvo. Corrió más allá de los soldados, más allá de los escudos abandonados en el suelo, y se quedó solo en el centro de la arena.

El rey Alaric se inclinó hacia adelante.

El niño parecía demasiado pobre para pertenecer a una familia noble y demasiado joven para entender la muerte. Su ropa estaba rota en el hombro, sus rodillas llenas de heridas y el polvo cubría sus pies descalzos. Sin embargo, había algo en la forma en que permanecía de pie que hizo desaparecer la sonrisa del rey.

Entonces apareció el monstruo.

La puerta de hierro se abrió con un chillido metálico y la criatura entró bajo la luz del sol. Era más grande que cualquier caballo, más pesada que cualquier toro, con escamas gris oscuras cubriendo su cuerpo como una armadura rota. Largas púas sobresalían de su espalda, sus garras raspaban el suelo de piedra y vapor salía de su boca con cada respiración. La multitud retrocedió como si la sombra misma de la bestia pudiera alcanzarlos.

El monstruo vio al niño y bajó la cabeza.

Una mujer gritó en las gradas.

El niño no huyó.

Solo tomó la tela rota de su hombro y lentamente la apartó.

Allí, grabada en su piel como una vieja herida que jamás había sanado del todo, había una cicatriz exactamente con forma de espada.

La arena quedó en silencio de una forma que jamás había estado antes.

No en calma. En silencio absoluto.

Incluso el monstruo se detuvo.

El rostro del rey Alaric se volvió blanco. Sus dedos se aferraron a los brazos de su trono hasta hacer crujir el oro bajo ellos. Durante muchos años había ocultado la verdad tras puertas cerradas, enterrado testigos, quemado registros y ordenado destruir cada pintura del príncipe perdido.

Pero jamás había olvidado esa marca.

Nadie en la familia real nacía sin ella.

La cicatriz en forma de espada era el antiguo símbolo de la verdadera sangre de Valdoria, entregado únicamente al primer heredero. Once años antes, la reina había dado a luz a un hijo en secreto. Esa misma noche, el rey anunció que el niño había muerto antes del amanecer.

Pero el niño no había muerto.

El rey lo había entregado a la bestia.

La criatura en la arena había sido alguna vez la guardiana del linaje real, una antigua protectora unida por magia para defender al heredero legítimo. Alaric la había encadenado, dejado morir de hambre y llamado monstruo porque se negó a inclinarse ante un rey falso.

Ahora la bestia estaba frente al niño y lentamente inclinó su enorme cabeza.

La multitud observó con incredulidad cómo la aterradora criatura descendía hasta el suelo, no para atacar, sino para arrodillarse.

El niño colocó una mano temblorosa sobre su frente.

Un sonido recorrió la arena, no proveniente de la gente, sino de la propia piedra. Las viejas banderas sobre el balcón del rey se rasgaron con el viento, y detrás de ellas, oculto durante años bajo las telas reales, apareció el símbolo desgastado de la verdadera dinastía: una espada dorada cruzando una corona negra.

El rey Alaric se puso de pie temblando.

“Eso es imposible…” susurró.

El niño levantó la vista hacia él por primera vez.

Y entonces el monstruo habló con una voz tan profunda que cada corazón en la arena pareció detenerse.

“Tu padre no está muerto, mi príncipe.”

El niño se congeló.

El rey dio un paso hacia atrás mientras el miedo destruía su rostro.

Desde el túnel más oscuro bajo la arena llegó el lento sonido de cadenas arrastrándose sobre piedra. Los guardias se volvieron, la multitud jadeó, y un anciano con una armadura real desgarrada salió hacia la luz.

Su cabello era blanco, su cuerpo estaba débil, pero en su hombro llevaba la misma cicatriz en forma de espada.

El verdadero rey había estado vivo bajo la arena todo el tiempo.

Y el niño no había venido para luchar contra el monstruo.

Había venido para despertarlo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: