Part 2: La Niña Ciega Pronunció El Nombre Prohibido… Y El Castillo Despertó

En el extremo más frío del norte existía un reino llamado Norvane, una tierra donde el invierno nunca terminaba realmente. Las montañas negras rodeaban el reino como murallas naturales, y más allá de ellas solo existían hielo, tormentas y mares muertos. En el centro de aquellas tierras se alzaba el Castillo Vaelor, una fortaleza tan antigua que nadie conocía su verdadero origen. Sus torres estaban agrietadas por siglos de nieve, y sus niveles inferiores habían desaparecido bajo la tierra congelada hacía generaciones.

Los ancianos decían que el castillo había sido construido sobre algo que jamás debía despertarse.

Pero nadie hablaba demasiado de esas historias.

Porque en Norvane, las palabras podían matar.

Veinte años antes, el reino había sido gobernado por el Rey Aldren, conocido por el pueblo como “El León del Invierno”. No era amado solo por su fuerza, sino porque había logrado unir las tierras del norte después de décadas de hambre y guerras. Los soldados le eran leales. El pueblo confiaba en él. Incluso sus enemigos temían la calma con la que hablaba.

Pero existía otro rumor.

Un rumor que jamás fue escrito en los libros.

Se decía que la familia real de Norvane poseía un antiguo vínculo con los gigantes enterrados bajo las montañas heladas. Seres antiguos, más viejos que el propio reino, que dormían encadenados bajo la tierra desde tiempos olvidados.

Y según las leyendas, solo el verdadero rey podía despertarlos.

Entonces llegó la noche en que Aldren desapareció.

No hubo batalla. No hubo cuerpo. No hubo funeral.

A la mañana siguiente, Seraphine apareció usando la corona de plata del reino y anunció que el rey había perdido la razón. Según ella, Aldren había entrado solo en las tierras prohibidas del norte y se había arrojado al Abismo Helado.

El nombre del rey fue prohibido ese mismo día.

Los soldados quemaron retratos.
Los sacerdotes borraron registros.
Los niños crecieron sin escuchar quién había gobernado antes.

Y cualquiera que pronunciara el nombre “Aldren” desaparecía.

Al principio, la gente pensó que eran simples ejecuciones secretas. Pero con los años comenzaron a circular historias extrañas. Personas arrestadas en mitad de la noche. Casas encontradas vacías. Huellas que terminaban en la nieve y no regresaban jamás.

El miedo se convirtió en ley.

Seraphine gobernó durante dos décadas con mano de hierro. El castillo se llenó de soldados, verdugos y sacerdotes leales a la corona. Las ejecuciones públicas se volvieron comunes. Nadie confiaba en nadie. Las conversaciones se detenían cuando alguien se acercaba demasiado.

Y bajo el Castillo Vaelor… algo seguía respirando.

Entonces llegó el invierno más cruel en la historia del reino.

Los ríos quedaron congelados semanas antes de tiempo. El ganado murió en los campos. Bosques enteros desaparecieron bajo tormentas imposibles. Algunas aldeas dejaron de responder por completo.

Los ancianos empezaron a murmurar algo que no se había escuchado en muchos años:

“La montaña está despertando.”

La reina respondió con más miedo que furia.

Una noche ordenó arrestar a treinta personas acusadas de pronunciar el nombre prohibido. Hombres, mujeres, incluso ancianos. Todos fueron arrastrados al patio de ejecución del Castillo Vaelor para servir de ejemplo.

Miles de habitantes acudieron a mirar.

La nieve caía violentamente aquella noche. El viento atravesaba las murallas oscuras mientras los prisioneros esperaban arrodillados con cadenas en las manos. Sobre la plataforma superior, la Reina Seraphine observaba inmóvil bajo sus pieles negras.

El verdugo levantó lentamente el hacha.

“El nombre de Aldren murió hace veinte años,” declaró la reina.

Nadie respondió.

Entonces la multitud comenzó a abrirse lentamente.

Al principio parecía solo una niña perdida avanzando entre la gente. Pero algo en el ambiente cambió de inmediato. Las personas retrocedían sin entender por qué.

Era una niña pequeña.
Ciega.
Descalza sobre la nieve.

Llevaba un vestido blanco demasiado fino para aquel frío brutal. Sus pies estaban rojos y heridos por el hielo, pero caminaba sin temblar. Sus ojos completamente pálidos parecían mirar a través de las personas.

La reina frunció el ceño.

“¿Quién dejó entrar a esa niña?” preguntó.

Nadie respondió.

Los guardias comenzaron a sentirse incómodos. Algunos miraron hacia las murallas. Otros hacia el suelo.

Porque algo acababa de sentirse bajo tierra.

Un golpe.

Muy profundo.

Tan débil que parecía imaginación.

La niña siguió avanzando hasta detenerse en medio del patio.

El viento disminuyó.

La multitud permaneció completamente inmóvil.

Entonces la niña habló.

“Entonces… ¿por qué siguen escuchándolo?”

El silencio que siguió fue peor que un grito.

Y entonces ocurrió.

Una pequeña grieta apareció en una de las enormes estatuas antiguas que rodeaban el castillo. Apenas una línea fina atravesando la piedra.

Pero la reina la vio.

Y el color desapareció de su rostro.

Porque aquellas estatuas no eran decoraciones.

Según las historias prohibidas, habían sido construidas para vigilar lo que dormía debajo del castillo.

Otro golpe retumbó bajo tierra.

Esta vez todos lo sintieron.

Las copas metálicas vibraron.
La nieve cayó desde las torres.
Los caballos comenzaron a agitarse violentamente.

Los prisioneros empezaron a llorar.

Seraphine dio un paso hacia atrás.

“No…” susurró.

La niña levantó lentamente el rostro hacia ella.

“Mi padre sigue vivo.”

El patio entero quedó congelado por el miedo.

Porque solo existía una persona que podía ser el padre de aquella niña.

El Rey Aldren.

Pero eso era imposible.

Seraphine había visto cerrarse las puertas del norte detrás de él veinte años atrás.

Ella misma había dado la orden.

Entonces la reina comprendió algo horrible.

Aldren nunca había muerto.

Había sido encerrado.

Otro estruendo sacudió el castillo con una fuerza monstruosa. Varias piedras cayeron desde las murallas. Los soldados perdieron el equilibrio. La multitud gritó aterrada.

Y desde las profundidades bajo Vaelor comenzaron a escucharse cadenas rompiéndose.

Una.
Luego otra.
Luego decenas.

El sonido era tan profundo que parecía venir desde el corazón de la montaña.

Los guardias huyeron.

Los sacerdotes cayeron de rodillas rezando.

Pero la niña permaneció inmóvil.

Entonces… una voz habló bajo tierra.

No gritaba.

No rugía.

Y aun así hizo temblar cada rincón del reino.

“Seraphine.”

La reina dejó de respirar.

Reconoció aquella voz de inmediato.

El Rey Aldren seguía vivo.

Y en ese instante, todas las personas del patio comprendieron algo mucho peor:

Bajo el castillo… el rey no había estado prisionero solo.

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