En cuanto la gigantesca puerta de hierro comenzó a doblarse, toda la sala del trono quedó paralizada.
No fue un simple golpe.
Fue como si algo al otro lado empujara lentamente con una fuerza imposible… disfrutando el miedo de quienes estaban dentro.
El metal crujió.
Las cadenas enterradas en las paredes empezaron a tensarse violentamente una por una.
CLANG.
CLANG.
CLANG.
El agua negra que cubría el suelo vibró alrededor de los cadáveres flotantes. Algunos soldados comenzaron a rezar. Otros soltaron sus espadas y retrocedieron hacia las escaleras del trono.
Pero el rey no podía moverse.
Porque reconocía aquella puerta.
Todos los reyes de Avaroth conocían la leyenda.
Debajo del castillo existía una prisión antigua, construida mucho antes del imperio. Nadie sabía quién la había creado. Nadie sabía exactamente qué contenía. Solo existía una regla transmitida durante generaciones:
“La puerta del fondo jamás debe abrirse.”
Y esa misma noche… el rey la había abierto.
No por curiosidad.
Por desesperación.

La guerra había destruido el reino. Las ciudades ardían. El ejército enemigo avanzaba hacia la capital. Entonces los sacerdotes le hablaron sobre un antiguo poder escondido bajo el castillo. Un poder capaz de destruir ejércitos enteros.
Pero le advirtieron algo más:
“No negocia. No obedece. Y siempre exige sangre real.”
El rey ignoró la advertencia.
Bajó personalmente a las profundidades acompañado por doce caballeros y tres sacerdotes reales.
Solo él regresó.
Y nunca explicó qué vio allí abajo.
La puerta volvió a estremecerse.
BOOOOM.
Parte del hierro explotó hacia dentro de la sala. Varios soldados cayeron al agua aterrados. Del otro lado no apareció una mano… ni una criatura visible.
Solo oscuridad.
Una oscuridad tan profunda que parecía absorber la luz de las antorchas apagadas.
Entonces comenzaron los susurros.
Miles de voces.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Todos hablando al mismo tiempo desde detrás de la puerta.
Los soldados empezaron a cubrirse los oídos gritando.
Uno de ellos cayó de rodillas llorando.
“Escucho a mi madre…”
Otro comenzó a retroceder lentamente.
“No… tú moriste…”
Entonces caminó directamente hacia el agua oscura y se hundió voluntariamente sin luchar.
El anciano sacerdote levantó la vista horrorizado.
“Está usando las voces…”
La niña detrás del trono sonrió apenas.
El rey finalmente reunió valor para hablar.
“¿Qué eres tú?”
La niña inclinó lentamente la cabeza.
Y por primera vez, sus ojos completamente negros se abrieron.
“No soy su hija.”
El corazón del rey se detuvo por un instante.
Porque la voz que salió de la niña ya no era infantil.
Era algo mucho más antiguo.
Algo húmedo.
Profundo.
Como varias voces hablando desde el fondo del océano.
Entonces la criatura dijo:
“Soy la única que sobrevivió cuando ustedes cerraron la puerta.”
Toda la sala quedó inmóvil.
El sacerdote empezó a temblar violentamente.
“No puede ser…”
Pero sí podía.
Porque la verdad del reino había sido enterrada durante siglos.
La prisión bajo el castillo no había sido construida para encerrar monstruos.
Había sido construida para encerrar dioses.
Hace cientos de años, los primeros reyes de Avaroth hicieron un pacto con entidades que vivían bajo el mundo. Seres gigantescos capaces de controlar el mar, la oscuridad y la muerte misma.
A cambio de poder… los reyes entregaban sacrificios.
Niños.
Miles de ellos.
Pero un día, uno de los dioses intentó escapar.
Entonces los antiguos reyes traicionaron a las criaturas y sellaron las profundidades para siempre.
O al menos eso creían.
La niña dio un paso adelante.
El agua empezó a subir lentamente hasta cubrir las escaleras del trono.
“Mataste a su hijo,” repitió.
El rey comenzó a respirar desesperadamente.
Porque entendió la verdad demasiado tarde.
Cuando abrió la puerta… encontró algo encadenado en la oscuridad.
Algo enorme.
Algo herido.
Algo que parecía dormir.
Y para demostrar valentía…
Lo atravesó con su espada.
El agua explotó violentamente.
Un rugido imposible sacudió todo el castillo.
No sonó como un animal.
Sonó como una montaña entera gritando bajo el océano.
Entonces una gigantesca mano negra atravesó finalmente la puerta destruida.
No tenía piel humana.
Parecía hecha de piedra mojada y huesos antiguos.
Sus dedos eran tan grandes como árboles.
Los soldados huyeron aterrados.
La mano avanzó lentamente dentro de la sala… hasta detenerse frente al rey.
La niña levantó la vista hacia la criatura.
Y dijo suavemente:
“Padre… él fue.”
Silencio absoluto.
La gigantesca criatura permaneció inmóvil unos segundos.
Luego inclinó lentamente la cabeza hacia el rey.
Y habló.
No con palabras.
Sino directamente dentro de la mente de todos.
“Devuélveme… su corazón.”
Entonces el rey recordó algo horrible.
Cuando clavó la espada en aquella criatura dormida bajo las profundidades…
algo pequeño había despertado junto a ella.
Un niño.
Encadenado.
Con los ojos abiertos.
Y él mismo…
lo había matado primero.





