Part 2: La Mano de la Vagabunda

El vestíbulo del edificio más lujoso de la ciudad brillaba como un palacio. El suelo de mármol reflejaba la luz de enormes lámparas de cristal, mientras empresarios, celebridades y personas adineradas entraban y salían sin detenerse.

Entre toda aquella riqueza estaba sentado Alejandro.

A simple vista parecía un hombre exitoso. Vestía un traje elegante y un reloj que costaba más que el salario anual de muchas personas. Sin embargo, había algo que el dinero no podía comprar.

Hacía siete años que no podía caminar.

Un accidente de automóvil había cambiado su vida para siempre. Los mejores médicos del mundo habían intentado ayudarlo. Había viajado a diferentes países, gastado millones en tratamientos y terapias, pero el resultado siempre era el mismo.

La silla de ruedas.

Aquella tarde observaba a la gente pasar frente a él. Algunos lo saludaban por respeto. Otros fingían no verlo. Alejandro estaba cansado de las miradas de lástima.

Entonces ocurrió algo extraño.

Las puertas automáticas del edificio se abrieron y una joven vagabunda entró lentamente.

Su ropa estaba desgastada y sus zapatos parecían haber recorrido cientos de kilómetros. Los guardias de seguridad se prepararon para expulsarla, pero antes de que pudieran acercarse, la joven caminó directamente hacia Alejandro.

Los presentes comenzaron a observar la escena.

La muchacha se detuvo frente a él.

—Si confías en mí… hoy volverás a caminar.

Alejandro soltó una pequeña risa.

—¿Sabes cuántos médicos me han dicho lo mismo?

—Yo no soy médica —respondió ella.

—Entonces, ¿qué eres?

La joven guardó silencio unos segundos.

—Alguien que conoce algo sobre ti que nadie más sabe.

Aquellas palabras hicieron que Alejandro frunciera el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando tenías diez años, prometiste que nunca abandonarías a tu hermano menor.

El rostro de Alejandro cambió.

Nadie conocía aquella promesa.

Su hermano había desaparecido hacía más de treinta años.

Una tarde salió de casa y nunca regresó.

La policía jamás encontró ninguna pista.

Ni siquiera sus padres lograron descubrir qué había ocurrido.

—¿Quién eres? —preguntó Alejandro, sintiendo un escalofrío.

—Confía en mí.

La joven extendió la mano.

Todo el vestíbulo parecía haber quedado en silencio.

Alejandro dudó.

Pero algo dentro de él le decía que debía hacerlo.

Finalmente tomó la mano de la muchacha.

En el mismo instante sintió una extraña sensación recorriendo todo su cuerpo.

Primero un cosquilleo.

Luego calor.

Después una fuerza que no había sentido en años.

Sus piernas comenzaron a temblar.

Las personas alrededor quedaron inmóviles.

Alejandro se aferró a los brazos de la silla.

Por primera vez desde el accidente, podía sentir sus piernas.

Lentamente se incorporó.

Una lágrima recorrió su rostro.

Y entonces ocurrió.

Se puso de pie.

El vestíbulo entero estalló en gritos de asombro.

Algunos sacaron sus teléfonos para grabar.

Otros no podían creer lo que estaban viendo.

Alejandro dio un paso.

Luego otro.

Y otro más.

Estaba caminando.

Pero cuando se volvió para agradecer a la joven, ella ya no estaba.

Había desaparecido.

Durante semanas intentó encontrarla.

Contrató investigadores privados.

Revisó cámaras de seguridad.

Preguntó a cientos de personas.

Nadie sabía quién era.

Y lo más extraño era que en las grabaciones del edificio no aparecía ninguna joven vagabunda.

Las cámaras mostraban a Alejandro hablando… aparentemente solo.

Todos pensaron que era un error.

Hasta que un anciano visitó a Alejandro meses después.

El hombre llevaba una fotografía antigua.

Cuando la colocó sobre la mesa, Alejandro sintió que el corazón se detenía.

Era una imagen de un pequeño niño sonriendo.

Su hermano desaparecido.

—¿Dónde encontró esto? —preguntó Alejandro.

El anciano señaló a otra persona que aparecía en la fotografía.

Era una niña.

La misma joven vagabunda.

El mismo rostro.

La misma mirada.

La misma sonrisa.

Alejandro levantó la vista confundido.

—Eso es imposible…

El anciano asintió lentamente.

—Lo sé.

—La mujer que vi tenía unos veinte años.

—Y esta fotografía fue tomada hace cuarenta años.

Alejandro sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿quién era ella?

El anciano sonrió.

—Esa es la misma pregunta que llevo cuarenta años intentando responder.

Y hasta el día de su muerte, Alejandro nunca volvió a verla.

Pero cada mañana, al despertar y ponerse de pie sobre sus propias piernas, recordaba aquellas palabras:

“Si confías en mí… hoy volverás a caminar.”

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